Wifredo Diaz Valdez

PALABRAS PRELIMINARES

Wifredo Díaz Valdéz es carpintero. Pero no es un carpintero cualquiera.

Como José, el marido de María y padrastro de Cristo, o Gepetto, el creador de Pinocho, WDV traspasó las fronteras del mero oficio: lo hizo arte. Encontró en las maderas un mensaje continuo: logra leer en ellas una y muchas historias y transformó su carpintería en una forma de lenguaje que materializa en esculturas y con ellas se expresa. Quizás más certeramente, hace expresar a la madera a través de sus esculturas.

WDV no fue un académico que acumuló conocimiento y desde ahí fue hacia la madera para volcar lo aprendido, no fue un artista que experimentó en distintos campos y recaló finalmente en ese elemento. El viene desde la madera; oficiando de carpintero penetró sus extrañas, hurgó en sus vísceras, llegó hasta el corazón y entonces captó el alma de la madera y se adentró en su espíritu y lo volvió materia en sus esculturas. Puede que específicamente no sea un creador, sino un traductor, un intérprete, un decodificador de esa riqueza que entraña la madera y que aun agonizando, ya industrializada y lista para ser útil, no pierde toda una historia que arranca de una semilla y en una dialéctica sin frenos crece y trepa las alturas, se desparrama en ramas, se viste de verdes y se engalana con flores y perfumes sin ceder a las furias de los vientos, los desbordes de las lluvias y las iras del sol y advierte a todos que aún no está muerta. Sólo necesita alguien que la entienda, que la conozca y que le dé una mano. Eso es lo que ha venido haciendo década tras década Wifredo Díaz Valdéz.

Y lo ha hecho de una manera formidable, sin profesores, sin academias, sin círculo de amigos, sin pertenecer a «rosca» alguna, con poco dinero y sin Mecenas y protectores que le hubieran permitido construir 91 gran taller con que soñó; una gran carpintería, una especie de laboratorio de traducción simultánea para trasmitir todo lo que la madera le dice y que, como él humildemente confiesa, tantas veces ha sido mucho más de lo que él creía y pensaba. Lo ha hecho sin prensa complaciente o amiga, sin embajadas que lo promuevan y le organicen muestras por el mundo, sin el privilegio de apoyos oficiales.

Tampoco lo necesitaba y menos lo precisará en el futuro, cuando sólo se vean los nombres grabados en la piedra y pervivan las obras de los grandes artistas. Es su caso, y aunque no haya realizado todo lo que ha soñado, como dice, habría que hacer esfuerzos en animarlo para que se acerque lo más posible. Aún es joven.

Danilo Arbilla

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